¿Alguna vez te has enamorado? - Qué agradable sujeto.
Me siento sobre la cama y me anudo las zapatillas, mientas que
elaboro una especie de guion en mi cabeza. Sé que no tiene sentido, pero me
hace sentir más tranquilo.
Inspiro. Tieso, me paro sobre mis pies. Exhalo. Estoy en control
conmigo mismo.
Por un instante, me pierdo en el reflejo. Absorto, mi mirada se
parte al horizonte y no sé qué pensar. Luego me pregunto ¿Cuál es el punto?
Ahí va otra noche de aparentar, de hacerme la mente.
Tras un resoplido, desganado, obligo a uno de mis pies para que
siga al otro. Luego me voy a la ducha, bajo las expectativas y me alisto. Y me
rio como un desquiciado, porque me estreso como si fuera a la guerra. Entonces,
¿para qué me hice el lindo e interesante?
Permanezco sentado, mirándome de lejos, con el ceño fruncido, y
pensando en por qué mierda te dije que sí. Debería haber evadido la respuesta a
tu invitación y desconectarme de la conversación, sin explicación. Al día
siguiente, diría que me quedé dormido o que me disocie, y listo. Y nos habría
evitado el mal rato.
Por última vez, antes de salir, me veo al espejo que está al
costado de la puerta, resistiéndome. Me arreglo un mechón de pelo que se me quedó
posado sobre la frente y me obligo a dibujar una sonrisa. Estiro la mejilla y
muestro mis dientes, repitiéndome que está noche podría ser diferente.
El optimismo no es lo mío. Ya te irás dado cuenta.
La noche otoñal está fresca. El murmullo de la gente me acompaña.
Las luminarias de la calle van guiando mis pasos. Y el viento me empuja,
soplando a mi favor, pero nada de eso importa, porque caminé con la cabeza
gacha, ensimismado, en modo avión.
Fuera del bar que acordamos, inspiro profundamente y me digo que voy
a ser completamente franco. Y no es que no lo haya sido antes, solo que no
quiero que te hagas falsas ilusiones o una mala impresión.
La música del bar retumba contra las paredes. La masa de gente se separa,
se re agrupa y después se arremolina. Y me digo que no es demasiado tarde para
darme la media vuelta y volver de ahí mismo por donde vine. Pero, antes
siquiera de pestañear y mandarlo todo a la mierda, nuestras miradas coinciden y
nos encontramos.
Entre la vorágine y los gritos, los meseros que zumban de aquí para
allá y el vertiginoso impulso de salir corriendo, te veo de lejos y me saludas
con una sonrisa.
Ya no tengo escapatoria.
Me acerco hasta a la mesa, seguido por un beso tierno en la mejilla,
luego me siento y te digo lo primero que se me cruza por la cabeza.
No estoy para una relación seria. Ya lo he hecho antes y fue
divertido, pero paso por esta vez. Fue divertido mientras duró. Y no, no te
digo esto como una manera de aprovecharme o porque me esté haciendo cargo de una
responsabilidad afectiva. Ya sabes, ser una persona decente. Te lo digo,
porque, si buscas un agradable sujeto con quien pasar un domingo por la tarde,
de vasto vacío emocional, para ir al cine y quedarnos en silencio o discutir
sobre las malas noticias que se propagan día a día, entonces, soy el sujeto
correcto.
Soy ese a quien puedes confiarle tus secretos, porque, seguramente,
los voy a olvidar al rato. Y no porque me aburra o tenga mala memoria o, no sé,
porque no sea un secreto interesante, sino porque posiblemente me disocie en
medio de la conversación. Pero voy a asentir con una sonrisa para mantener esta
conversación que no nos va a llevar a nada.
Soy a quien llamas en la madrugada para escucharte ebrio,
balbuceando disparates, pero voy a tener el teléfono apagado, así que ni lo
intentes. De todas maneras, al día siguiente, igual me voy a reír de ti,
burlándome con mi tono de sabiondo.
Soy ese que te acompañaría hasta la punta del cerro, para ver el
atardecer.
Ese con quien te enojas y peleas en broma, y después todo se vuelve
más real de lo que pensábamos. Pero entre toqueteos, besos y muecas graciosas, nos
reconciliamos. Y si quieres no es broma.
Soy el que inventaría un idioma tonto solo para hablarlo contigo y
entendernos los dos, pero el lenguaje del amor no es lo que busco. De hecho, lo
quiero desaprender.
Todo eso ya lo hice y aún me duele.
Solo soy ese agradable sujeto que te sirve para el rato. O para toda
una vida.
Y tú, ¿a qué te dedicas?
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