¿Alguna vez te has enamorado? - En medio de una fiesta.
Te vi de lejos, atravesando mi visión entre la cortina de cuerpos
sudorosos y desesperados por un poco de atención. Mientras que, del otro lado, esquivaste
las luces de neón y me miraste. Estábamos en medio del movimiento alborotado, del
baile que nunca acaba. Y una vez que me viste, pensé por un segundo que fue
como un espejismo. Fuiste el reflejo de mi deseo más oculto. Porque tu
descubriste todo lo que se escondía tras de mis ojos y, sin más preámbulo, me
invitaste a bailar.
Y fuimos todo un cliché desde el inicio.
Como dos abejas arremolinadas en el enjambre, separándonos a solo
un par de centímetros de distancia, voy a negarlo hasta el último de mis días,
pero tu perfume cítrico me hipnotizó. Estuve dispuesto a zambullirme en tu
cuello, pero me calmé. Con todos mis esfuerzos fallando, traté de mantener la
compostura, no obstante, bastaron tan solo unos segundos bajo la oscuridad de
la música rimbombante, entre cuerpos alborotados presionándose, unos contra otros,
y me atrajiste con la calidez de tu aliento fresco como la menta y te estampé
mis labios, sin pensarlo.
Definitivamente debo incluir eso en los votos, lo dije y exploté a
carcajadas, interrumpiendo tu lectura. De tu lado de la cama, me empujaste el
hombro suavemente y esbozaste una sonrisa. Hace tiempo que no lucías una tan
genuina, así que me sentí orgulloso de mi hazaña. Seguiste con tu lectura y yo
continué escribiendo las palabras que diría frente al montón de invitados en el
día de nuestro matrimonio. También me pregunté si tenías listos tus votos, ya
que fue idea tuya y no iba a caer solo en el espiral de la vergüenza, pero,
secretamente, quería que me sorprendieras.
Después de un rato, la lectura se terminó. Nos dimos un beso de
buenas noches y las luces se apagaron. Las sombras se proyectaron a través de
las cortinas y sobre las paredes. Y, sé que caíste dormido al segundo en que se
escuchó tu ronquido, como una suave melodía. Pero yo siempre me quedo
despierto. Me doy la media vuelta y observo las pecas de tu espalda que se unen
y separan, formando constelaciones en medio de la noche. Me divierto un rato
durante la madrugada, escuchando la sinfonía de tus ronquidos que se acoplan
con el canturreo de los grillos y el sonido estrepitoso del refrigerador que me
mantiene mirando al techo. Pienso con los ojos bien abiertos. Pienso y pienso.
Inspiro, me doy la media vuelta y sigo pensando. Pienso y luego existo, pero no
me duermo. Me quedo pensando en lo seguro que estás de casarte. Siempre estás esperando
lo mejor, mientras que yo me envuelvo en dudas, cuestionándome y ocultando,
tras una dulce sonrisa, las repercusiones de mis actos.
Desde un principio prometimos que no habría ningún secreto entre
los dos.
Como mi sombra, te pusiste tras de mí para anudarme la corbata.
Estaba tan ensimismado que ni oí cuando entraste sigiloso en la habitación.
Nuestros reflejos se miran y puedo leerte la mente. En sincronía, me besas el
cuello y acaricio tu mano. Nuestros dedos entrelazados. La piel se me eriza.
¿Qué era lo que estaba diciendo? Algo sobre perderte, las dudas o qué sé yo. Se
me nubla la mente. Me doy la media vuelta y nos comemos de frente. Las prendas
caen al suelo como hojas marchitas. O como los pétalos de una flor silvestre cuando
jugábamos al “Me quiere, no me quiere”. Caminamos torpemente hasta el diván,
con los ojos cerrados, besándonos. Ahí me doy cuenta por qué los deseos siempre
se piden a ojos cerrados. Y retozamos hasta caer de bruces al suelo. Explotamos
en risa y siento que mi deseo ya se cumplió.
Aunque suene cursi, te digo: “Entre tus brazos solo hay certezas.
Es todo lo que está bien”. Sonríes y me preguntas si es otro pasaje de mis
votos, y mis mejillas se sonrosan porque no lo había pensado. Y podríamos
quedarnos así toda la vida; mi cabeza reposando sobre tu hombro, tus dedos
peinándome con caricias el pelo, nuestras piernas entrelazadas y manteniendo un
abrazo que quisiera tatuarme en cada centímetro de la piel.
Sin embargo, más temprano que tarde, nos separamos.
¿Es realmente necesario? Te pregunto con una expresión de puchero y
te tiro el bóxer en la cara. También me digo que, frente a mí, hay un hombre
usando un traje azul marino y nos vamos a casar. A casar. Y sin esperar más, al
final de mi caminata, te voy a besar.
Y besarte fue como probar un dulce bocado por vez primera o, tal
vez, como una piteada de marihuana, dilatándoseme las pupilas para luego desvelar
los secretos recónditos del universo. El éxtasis de flotar hasta la nube nueve
y, luego, caer de manera súbita y sin necesidad de un paracaídas. Creyendo haber
alcanzado el paraíso terrenal, caí nuevamente en desgracia cuando nuestros
labios se apartaron de golpe, bruscamente, sin la delicadeza ni el cuidado que
se requiere y con la ternura suficiente como para aguantar el anhelo desesperado
de volverte a besar.
¿Dónde se fueron esas ganas irrefrenables? Estamos tan automatizados.
Me pregunto si es la falta de energía, de ánimos o quizá son nuestros trabajos
que nos absorben cada milímetro de vida. Excusas y más excusas, discuten mis
amigas cuando les resumo en la llamada de una hora y media nuestra vida a
cuestas. Porque, al final del día, nuestra vida compartida es lo único que realmente
me importa.
Así que, antes de la hora del crepúsculo, cuando llegues a casa procuraré
besarte suave y concienzudamente, porque, puede que sea la última vez que lo
haga.
Puras promesas, me dices y te burlas. Como arrastrando los pies,
pones la mesa y te comento que estás cansado y que sería bueno que nos tomemos
unas vacaciones. Descansaré cuando me muera, me dices riendo. Entre broma y
broma, la vida se nos va. Luego tomamos el tecito y me ofreces compartir otro
pan con mermelada. Y hablando de promesas y compartir el pan, inicias la
conversación con una expresión misteriosa, nos burlamos de los recuerdos del
ayer y hoy y terminamos la conversación en la cocina con el compromiso de unir
nuestras vidas. Hasta que nos vamos a dormir para empezar un nuevo día. Insertos
en la mecánica del ciclo sin final. Nos besamos antes de dormir y yo me quedo despierto,
como siempre, vigilando tus sueños. Y sé que así será siempre.
Que siempre esté en nosotros compartir el pan y las tostadas con
mermelada.
Que mi cabeza calce perfecta, como la pieza de un rompecabezas,
sobre tu pecho o en tu hombro.
Que nos burlemos cada que harmonizamos nuestro canto desafinado. Tu
voz es profunda y yo soy grave, pero lo intentamos.
Y ni hablar de nuestra rutina del baño. Sincronizados. Nuestros
reflejos siempre se están mirando.
Que en los paseos de domingo caminemos hombro con hombro, hasta que
oscurezca y me estrechez a tu lado con tu brazo para suavizar el frío de la
noche.
Y, de repente, antes de sucumbir al sueño, se me viene a la mente la
idea de un final.
Besarte fue como desvelar los secretos recónditos del universo. Sin embargo, tu novio de ese tiempo nos miró con una expresión amarga, escupiendo su veneno que me salpicó súbitamente la consciencia. Y, en ese momento, debí haber sabido que lanzarnos a un amor prohibido sería nuestro final.
.jpg)
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario