¿Alguna vez te has enamorado? - Funeral.
Sin embargo, nuestro amor desafío todo pronóstico. Cada obstáculo. Incluso
cuando estuvimos el uno contra el otro, ensartados, derrotados, luchando por
tener la razón. Persistimos. Permanecimos juntos. Y fue una devoción que nos
duró por los siguientes 50 años.
¿Qué hombre ama así?
Aquella noche, te perdiste tratando de responder al insufrible
cuestionamiento. ¿Qué hacer con tu vida? Ya no sentía la necesidad de quedarme
despierto, resguardando tus sueños, porque cada día que te hundías en el
espiral de mala racha, sintiendo lástima por ti mismo, se me acababan las
fuerzas. Por los dos. Así que, simplemente me quedé dormido, con la suavidad que
una pluma flota apaciblemente al vacío. Súbitamente. Y desperté cuando dejé de percibir
el peso de tus latidos, recostado, junto a mí.
Bajé las escaleras esperando encontrarte en el último escalón, pero
el living y comedor estaba sumido en un profundo silencio. Me acerqué hasta el
lava platos arrastrando los pies, todavía medio adormilado, y llené uno vaso
con agua fría. Reposé sobre el mueble y le di la espalda a la ventana, hasta
que la puerta se abrió de golpe. Y no me asusté. Aunque la cerraste de un
azote, escuchándose un golpe seco retumbando como un eco, a lo extenso de la
calle, esperé quieto a que ignoraras mi presencia.
Si nuestra vida se desarrollara en el campo, la justificación sería
la sequía. Pero, como vivimos en la ciudad, la excusa perfecta es el estrés. Del
trabajo mal remunerado. Por la falta de oportunidades. Insertos en la máquina demoledora
de producción y el agotamiento y el cansancio. El agobio del ruido chirriante
de los autos derrapando en la acera. Del grito desesperado de la sirena de las
ambulancias y del carro de bomberos. El estrés y la urgencia.
Pero, esa noche, se acabaron las excusas.
Despabilé y boté el agua helada que me ayudaba a conciliar el
sueño. Caminé de puntillas, a tientas, ocultándome de tus ojos perdidos para
que no me encontraran. Y cuando estuve a punto de dar la media vuelta y subir las
escaleras, dándote la espalda para borrarte la sonrisa imbécil de borracho,
balbuceaste que ya no estabas contento.
Te escuché susurrando. Pero sentí un tono de desesperación que se
quebró en tu voz. Más bien, fue un alarido. Me escupiste tu veneno diciendo que
ya no estabas contento, como reprochándome, convirtiéndome otra vez en el
culpable de todos tus pesares y quebrantos.
Y pude haberte respondido, gritándote: ¿Y qué hay de mí?
Sollozando, lamentándome sobre todo lo que he tenido que aguantar, pero me lo
guardé. Supuse que ya no valía la pena. Me callé, como siempre. Y luego me acordé
de nuestro compromiso de “en las buenas y en las malas”, en el segundo que
dije: “Acepto”. Después caminé con lentitud hacia ti y te abracé. Te aferraste
a mí rodeando tu brazo sobre mi hombro y lloraste. Te abracé. Te estreché
contra mi cuerpo, nuestra piel finalmente tocándose, con ansias, y lloraste
amargamente.
Nuestras vidas se detuvieron. Se hizo una pausa. El mundo dejó de
derrumbarse y por fin te quebraste. Sollozaste sobre mi hombro. Te desarmaste frente
a mis ojos, sobre mi regazo y entre mis brazos. Después nos encaminamos con
monotonía hacia nuestra habitación.
En la penumbra de nuestra intimidad, ya acostados y antes de quedarnos
dormidos, pensé en la posibilidad de un final. Una oportunidad. Y quise
ofrecerte una salida. Y acurrucado a mi costado, con la ayuda de las luces que
atravesaron las cortinas, vislumbré tu rostro reposando sobre mi pecho y noté
que ya habías cerrado tus ojos. Inmerso en un sueño profundo. Escuché tu apacible
ronquido y me quedé despierto, nuevamente resguardando nuestros sueños.
“Hasta que la muerte nos separe”, susurré en la serenidad de
nuestra compañía, luego besé tu coronilla y también me dormí.
A la mañana siguiente, compartiendo las tostadas, me contaste que
no soñaste nada y te corregí, diciéndote que quizá soñaste, solo que no lo
recordabas. Pero yo sí soñé. Te dije que cerré los ojos y me dormí y tuve un
sueño que duró 50 años. Ambos reímos, tu sorbiendo el té negro y yo estirando
mis brazos para entrelazar nuestros dedos. Y después nos acordamos de esa vez
cuando nos besamos en la disco y el mundo se nos fue a la mierda.
Y el resto es historia. Tuvimos una buena racha.
Frente a tu tumba, mirando un cuadro con fotografías de nuestros
mejores momentos, recuerdos que ahora solo viven en mi memoria, enciendo una
vela, quito las flores secas y ahí reposo mi dolor.
Antes de que murieras, solía pensar que conocía la tristeza, pero
tu ausencia me recuerda de lo equivocado que estaba. Y aun muerto te empeñas en
contrariarme, desquiciarme, solo para tener la razón.
Tuvimos una buena racha. Y sabiéndolo, no sé a quién se supone que
tiene que confortar.
Tocando la lapida que se siente fría a la intemperie, me cuestiono
sobre lo que habría pasado. Qué habría pasado si… Si no hubiéramos coincidido
esa noche en la disco, o si no nos hubiéramos abrazado en nuestros tiempos más
oscuros, o si no hubiera dicho “Acepto” frente a ti, con nuestra familia y
amigos. Aunque nuestra historia sucedió en la mejor de las épocas, en la peor
de las épocas, fuimos inmensamente felices.
“Y tuvimos una buena racha”, me dijiste, mientras sostenía tu mano
en tu lecho de muerte. Luego, con lágrimas ahogándome, te dije que todo estaría
bien y cerraste tus ojos en un sueño eterno.
Me quedé recostado a tu lado, tratando de conservar tu calor. Y fue
como si el mundo se me escapara de las manos.
¿Qué más puedo decir?
Y tuvimos una buena racha…
Aún conservo tu calor y mi pena.
Siempre me quedaras.
Ahora más que nunca.
Siempre me quedaras; en el peso vacío, de tu lado de la cama.
En la luminosidad de tus ojos que irrumpen por la ventana y me
despiertan cada mañana. También en cada bocado, especialmente en las tostadas
con mantequilla y mermelada.
Y el sonido irremplazable de tu voz. En el oleaje rabioso de tu
risa. ¿Dónde más puedo oírte? En el susurro de los árboles. En los vinilos de
esa música ligera que escucho antes de dormir. Y para después decirte: Buenas
noches, amor. Hazme un hueco sobre tu hombro. Me abrigo con el calor de tu pecho,
para conciliar el sueño.
Buenas noches, amor.
Hasta que nos volvamos a encontrar.
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