¿Alguna vez te has enamorado? - Marcha fúnebre.


Mientras me miro al espejo y me anudo la corbata, pienso que este debía ser el día más feliz de nuestras vidas. Aunque la expresión en mi reflejo no lo de demuestre. Deberíamos estar envueltos en el resplandor de los buenos deseos, escuchando un coro de ángeles y sin ningún “pero” que detenga nuestra marcha nupcial. Sin embargo, como un efecto dominó, antes que todo avance como debe ser, de la manera correcta, quisiera preguntarte: ¿Cómo fue que terminamos así? Y antes empezar. Qué curioso. Se supone que nuestras vidas están recién comenzando, tú reluciente y tan guapo como siempre, con esas ondas rubias que flotan desinteresadas sobre tu cabeza y luciendo el traje azul petróleo que desvestí antes de la retirada de esta ilusión a cuestas.

Habitando solo en este cuarto vacío, siento que me falta el aire. Me quedo quieto. Todo luce opaco. El mundo gira como si fuera a parar de forma repentina, pero el suelo me sigue dando vueltas.

Detengan el mundo que me quiero bajar, le respondo a mi reflejo y suelto un bufido flojo. Qué necio. Estoy cargando con esta obligación de ser felices, para unir nuestras vidas por una promesa de amor eterno que ninguno de los dos cree posible. Pero, aun así, sonreímos. Frente a las cámaras y tras bambalinas. También bajo los reflectores y, especialmente, cuando la multitud levanta sus copas con parsimonia y hace un brindis en nuestro honor.

Siento que estoy muriendo de a poco.

Quisiera enmendar este error que estamos a punto de cometer.

Pongo la mirada fija en el pomo de la puerta y me visualizo girándolo. Nadie va a darse cuenta de que no estoy aquí, me digo, para mis adentros. Que ya me fui. Me repito y me sigo repitiendo, para convencerme, porque esto era justo lo que yo quería; besos al amanecer, discusiones en la cocina y tus huesos recostados a mi lado, acompañándome hasta el fin de los días.

De repente, siento pesada la mano izquierda. Me quedo ensimismado, con la cabeza gacha, observando el brillo que irradia mi dedo anular. Ansiaba tanto esta sortija, creyendo que era un símbolo, una promesa. Pero el amarre de nuestro amor me quema la piel.

Me asomo a la ventana y reposo sobre el marco. Desde el segundo piso, veo que los distinguidos invitados vienen llegando de lejos. Los observo a todos y cada uno de ellos con sus vestidos de gala, ignorantes de esta celebración que realmente es un funeral. Así fue como me dijiste aquella noche que la luna estaba escondida y nos faltó su brillo para superar el agobio de esta vida.

Todo resplandor nos ha abandonado. Y sigue a ritmo vertiginoso.

Prendí la luz de la cocina y me serví un vaso de agua y pensé en todo lo que hice para merecer esto, hasta que la puerta se abrió. Por un segundo, me sorprendí. Recordé que no había sentido en toda la noche el peso de tu cuerpo sobre la cama. Olvidé que no estabas acostado a mi lado. Boté el resto de agua helada que me ayuda a conciliar el sueño. Y cuando estuve a punto de dar la media vuelta, para borrarte esa sonrisa imbécil de borracho, ignorando tu presencia, balbuceaste que ya no estabas contento. Lo sentí como un susurro. Pero fue un alarido. Me escupiste diciendo que ya no estabas contento, reprochándome, como si yo fuera el culpable de todos tus pesares y quebrantos.

Se gentil conmigo, cariño, aun no te dejo de amar.

¿Y qué hay de mí? Quise gritártelo, pero me lo guardé. Como siempre. Traté de cruzar nuestras miradas, pero tus ojos estaban tan perdidos que me desquicié. Entonces, corrí hacia ti, intentando una embestida. Agarré tu cabeza y la azoté contra la pared, como un intento desesperado para que te despertaras. Para que despertemos por fin de esta pesadilla. Sin embargo, me quedé varado. Lo único que pude hacer fue lamer mis heridas. Luego, caminé con lentitud hacia ti y te abracé, resignado. Te aferraste a mí como lo habría hecho Jesús con María Magdalena en el vía crucis y nos encaminamos con monotonía hacia nuestra habitación.

Ya acostados, en la penumbra de nuestra intimidad, antes de que nos quedáramos dormidos, quise ofrecerte una salida. Y, con la ayuda de las luces que atravesaron las cortinas, vislumbré tu rostro y tus ojos que ya estaban cerrados. Estabas sumido en un profundo sueño, mientras que yo me quedé despierto, aguantando la respiración.

De repente, escucho que llaman a la puerta. Empieza a sonar la melodía que indica la bienvenida y, terminando de arreglarme la corbata, trato de recordar las razones que me llevaron a aceptar este fatídico destino. ¿Acaso fue tu aroma seductor? O quizá fueron los besos que todavía me palpitan en los labios. O el sabor agridulce del engaño. Lo admito, soy un adicto de tu mal querer.

Al final, la puerta se abre. Respiro hondo. Me abotono con premura la chaqueta. Paso mi mano con delicadeza sobre la tela para sacarme las pelusas. Y con la cabeza en alto y la mirada de frente esbozo una media sonrisa, porque perdí el júbilo de mis ojos. Ya es hora de dar por iniciada nuestra marcha fúnebre.

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