¿Alguna vez te has enamorado? - Almas afines.


Tal vez sea un día como cualquier otro.

Temprano en la mañana, pasas por mi casa, como siempre, y caminamos juntos al colegio. A veces hablamos de todo; las peleas con tu hermana y la indiferencia de tu padre. Y también de la guerra fría que batallamos con el mío. Nos burlamos de las malas notas y nos quebramos con risotadas de chistes que nos inventamos. Y, a ratos, hablamos de nada. Degustamos el néctar de nuestro dulce silencio.

Caminamos a paso lento y sincronizamos nuestro andar. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Sigo con la cabeza en alto y mirando de frente, mientras que tu sonríes cuando una mariposa pasa, rozándote el hombro, y se pierde entre las flores silvestres.

¿Te has dado cuenta de lo cómodo que se siente?

Es palpable la confianza que me tienes, como si fuera cimentada de tiempos pasados. Quizá de otra vida. Y puede ser posible que nos cruzamos en vidas pasadas, pero ahora solo quiero concentrarme en tus labios que se mueven y me sumerjo en tu mirada.

Después del silencio, no sé descifrar lo que siento.

Antes de entrar a clases, me explicas esas fórmulas tan aburridas, pero me muestro atento. Trato de esforzarme lo que más puedo, pero no puedo. Aunque me expliques el lio de las letras y los números que se mezclan y se obtiene un resultado opuesto, en mis pensamientos naufrago en lo profundo, cuestionando esta atracción repentina.

¿Acaso esto que siento me hace un mal amigo? Y, ¿sería igual de malo si tú también lo sientes?

Tal vez ya cruzamos esa fina línea entre la confianza y la fantasía que palpita en mi corazón absurdo. De estas emociones alborotadas que no logro controlar cuando dices mi nombre. Pronuncias cada letra con esa voz grave que me pone nervioso, y solo quiero que me sigas nombrando, hasta el final del día.

El día pasa ligero entre matemáticas e historia. Y en los recreos dicen que somos la dupla perfecta. Nos burlamos de cada cosa que hasta una anotación nos ganamos. Y las horas que pasamos al teléfono no son suficientes, ni los mensajes que nos enviamos en un pedacito de papel arrugado, entre clase, preguntando ¿Cómo estuvo tu día? Como si no nos hubiéramos visto hace un rato. Pero te extraño aun estando contigo.

Anhelo que atravieses el límite que nos tenemos permitido. Y me asombro con las tonterías que pienso decirte, antes de contestar el teléfono.

En la noche, durante nuestra última llamada, me prometes que vas a venir a buscarme, como cada día. Nuestras risas y conversaciones absurdas nunca dan espacio al silencio. Pero, cuando nos estamos despidiendo, por un momento nos callamos. Oigo tu respiración. Pausada. Del otro lado, me aferro al teléfono y susurro. Para mis adentros. Nuestra respiración se acopla y la llamada se termina. Pero la ilusión persiste.

Puede que algún día, como cualquier otro, cruce el límite que está impuesto. Y, finalmente, te diga que quiero estar contigo, en cada paso del camino.

Mi primer beso, en el trayecto de vuelta, aletea en tus labios.

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