¿Alguna vez te has enamorado? - Dolor exquisito.


Abrí los ojos de golpe cuando sentí que pasaban las horas y no llegabas. De pronto, se abrió la puerta repentinamente y dejaste en la habitación una estela de alcohol y decadencia, como una nube gris que se posó sobre nosotros. Y me hice el dormido. Presioné con fuerza mis ojos, acurrucándome con las sábanas que parecían ocultarme de un monstruo. Y me arrepiento tanto. Porque debí haberte confrontado. Debí haberme despojado de mis miedos, para gritar más alto y negarme a pasar una noche más en vela. Haber dado cara, mientras todavía me importaba.

Entonces, ¿quién fue el culpable de todos nuestros pesares y quebrantos?

Me dormí pensando en la mañana siguiente, esperanzado por las infinitas oportunidades de un nuevo día.

Sé que no puedo ser tan necio. No puedo obviar, que me sea indiferente, por intentar de tapar el sol con un dedo. Pero, cuando los rayos de sol en la mañana llenan la cocina y nos saludamos con un “buenos días”, parece que todo puede resolverse. Nos sirves una taza de té, nos miramos de frente, compartimos las tostadas, me cuentas los chismes de la oficina y creo que todo volvió a la normalidad. En medio de la conversación, discutiendo sobre qué hacer para el almuerzo, me pierdo en ensoñaciones cuando todo tiempo pasado fue mejor. Es mentira, lo sé. Aun así, me consuelo con la idea de que coincidir y enamorarnos fue el apogeo de nuestra historia. Y ahora, sin darnos cuenta, aunque me parezca imposible, ya estamos terminando.  

Sin embargo, nadie podría negar el amor. Ese mismo que nos cobijó en las noches más oscuras, cuando ninguna estrella titiló en el cielo negro, lleno de misterios, igual que tus ojos dulces como la azúcar morena. Y caí rendido, posiblemente sin remedio, pero lo agradezco.

No sé en qué minuto la conversación terminó. Te paraste y cogiste la taza vacía para lavarla, mientras que yo me quedé atónito, mirando a través de la ventana, y vi nuestra vida pasar frente a mis ojos.

Tal vez ya lo daba todo por perdido, como si hubiera ocurrido un terrible accidente; una colisión entre dos trenes que venían a 1000 kilómetros por hora y chocan sin más, pero así se siente. Por dentro. Como un terrible y fatal accidente. Y no quedó ningún sobreviviente.

Nuevamente me arrepiento. Bajo la ducha siento que las gotas van rodando sobre mi piel y me digo que quisiera haber tenido la entereza suficiente para acabar con este circo, el show pobre del que ambos somos protagonistas, pero se sentía tan bien cuando el amor nos hacía, a fuego lento, agonizando entre tus brazos.

Necesitamos otra oportunidad, digo entre jadeos.

El agua refrescante sigue precipitando, lavando todas las impurezas. Me aferro a tus hombros y los muerdo con gentileza. Saboreo tu cuello y chocamos contra la pared. Nos besamos y nos comemos. Estamos separados. Chocan nuestros cuerpos. Somos uno. Y, a veces, no se siente la diferencia. Casi nos resbalamos sobre la bañera, te ríes de buena gana y sonrío cuando muerdo tus labios y nos presionamos y cada arremetida se vuelve más desesperada que la anterior. El calor y la fricción. Una arremetida tras otra. La humedad y la presión. Y acabamos. Nos abrazamos temblando, se juntaron nuestros labios e inhalé tu aliento cálido, mientras que el agua siguió corriendo.

Nos aferramos a nuestra pequeña muerte.  

Y fue tan exquisito el dolor que nos llevó hasta la última de las consecuencias.

No quisiera traicionar nuestra memoria; el amor que nos prometimos en noches de borrachera, cuando el tequila nos hervía la sangre y el mundo desaparecía. Solos tú y yo, a la luz de las velas, frente a frente, emborrachándonos. Aunque, si lo pienso bien, parece que fue lo único que se nos dio bien.

Nos juramos un amor que ninguno de los dos podría pagar en vida, teniendo los bolsillos llenos de ilusiones y las manos vacías.

Pero, nadie jamás podrá negar el amor que profesamos con cada desvelo, de los besos al despedirnos en cada mañana, en la complicidad de nuestras miradas y, cómo olvidarlo, cuando el corazón se acongojaba ante la posibilidad de perdernos. Y si eso no es amor, entonces, ya no sé qué es.

¿Quién diría que nos pasaría?

A paso lento, a ratos tambaleando, voy marchando hasta nuestro encuentro en el salón. Por un segundo traté de aferrarme al pomo de la puerta, porque sentí retorcijones en el estómago y no quería salir, pero no podía seguir posponiendo lo inevitable. Ya puedo visualizar las miradas expectantes y desafiantes de los presentes. La música continúa sonando y hace eco a través del pasillo, retumbando. Voy en camino hacia lo que debería ser la continuación de una vida hermosa, pero es como si estuviera atravesando la cuerda floja. Que voy caminando hacia mi ejecución; para ponerme la soga al cuello o peor, finalmente descansar sobre la silla eléctrica.

Al final del pasillo, a punto de acabarse nuestra marcha nupcial, observo que miras de lado a lado, frotando tus manos, algo nervioso, y susurro, para mis adentros, que yo también siento lo mismo.

Termino llegando al final donde todo comienza.

Y no te quiero perder.

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