¿Alguna vez te has enamorado? - Finjamos que no es el fin del mundo.
No lo acepto.
Sin embargo, yo me lo busqué.
Las manos me tiemblan y los rayos del sol se me cuelan por el
rabillo del ojo. Me reprendo, inspiro profundo y busco una clase de consuelo. Lo
quería tanto. Desde niño que soñaba con que este día llegaría. Y no sé cómo una
idea tan adulta se me metió en la cabeza. Ilusiones, promesas, compromiso,
matrimonio. Son palabras simples, pero tan grandilocuentes, demasiado grandes
para mis labios delgados y ligeros. Aun así, pronuncio cada una de ellas
pretendiendo seguridad ante las risas y miradas de reojo, contemplando el papel
que sostengo entre los dedos que me siguen temblando, mientras que trato de
descifrar mi letra estrafalaria y también desafío la distracción del gentil
tintineo de las copas cuando algún comentario me sale gracioso.
Lo nuestro nunca fue razonable ni para nada mesurado. No tenía nada
que ver con la lógica. De hecho, podría jurar que todo el mundo se fue a la mierda
cuando nos besamos.
Lo nuestro fue solo un impulso. Un halito de vida. Una bocanada de
aire fresco, como cuando te sumerges al mar abierto y, luego de un par de
segundos, sales desesperado por respirar.
Sé que va a sonar cliché, pero, si te soy honesto, no recuerdo ni
un solo momento de mi vida antes de conocernos. No estaba muerto, pero, cuando
nos besamos, sentí que respiré de nuevo.
Inhalar.
Retener.
Exhalar. Pausadamente.
Me enseñaste a respirar la noche en que nos conocimos, cuando la
habitación me daba vueltas y sentí el piso inestable. Es pánico, me susurraste
al oído, y sentí que me desvanecía. Mi cuerpo era demasiado grande para un alma
tan ínfima e impoluta. Y después me sobaste la espalda, diciéndome que inspire,
profundamente, para luego retener mi diafragma y exhalé el aire que llenaba mis
pulmones.
Me besaste y estaba desesperado por respirar tu mismo aire.
Lo nuestro era el riesgo. Puro sentimiento. Pero, otros salieron
heridos con nuestras malas decisiones. Y no quiero aburrir recolectando excusas
que nadie quiere recordar, porque, cuando cruzamos miradas a través del mundo
que se borraba, fue como una reacción en cadena que me atrajo hacia ti. Y
podría decir que me resbalé en tus labios, pero incluso a mí me parece
insensato.
La verdad es que no hay justificación. Y supongo que así son las
cuestiones del amor, que, de una locura a otra, súbitamente abres los ojos y te
das cuenta del caos en que te envuelve este sentimiento demoledor.
Lo acepto.
Aunque sería un iluso al decir que me enamoré de ti al instante.
Quedé prendido, eso no te lo niego. Me envolví sin demora entre tus cabellos y,
aunque parezca obvio, aun me pregunto: ¿Es así cuando te enamoras? Te partes la
vida elucubrando sandeces como que el sol amanece con el sonreír de tus ojos
profundos, que tus besos tienen el néctar de la vida eterna y que a tu lado encontré
la fortuna que trae consigo un trébol de 4 hojas, llevándome al otro lado del
arcoíris.
Qué necio. Seguramente estoy delirando a causa de la fiebre de este
amor ingenuo y que a veces sentí no correspondido, y que me obliga a canturrear
los sonetos más tristes esta noche.
Sin embargo, mientras que tu novio me amenazaba de muerte y me
empujó hacia el abismo distante de tu compañía, tomaste mi mano y le diste la
espalda a esa vida que te hacía tan infeliz.
Y, a nosotros, ¿crees que nos va a pasar lo mismo? Te miro de
frente y te pregunto de manera tácita, pero no obtendré ninguna respuesta. Me
habías dicho que ya no estabas contento con esta vida. Nuestra vida. Pero
supongo que ahora me toca llenar con mi voz tus silencios.
Inspiro profundo. Retengo, por un instante. Expiro. Calmadamente. Y
lo vuelto a repetir. Exhalo con firmeza y con las manos arrugo el papel y me lo
guardo en el bolsillo. Inspiro profundo. Escucho a los invitados que estallan
en aplausos y haciendo sonar sus copas. Retengo el aire por un instante y te
sonrío, porque cada palabra que te dediqué la dije con el corazón abierto. Me
devolviste la mirada y corriste hacia mí sin esperar ninguna señal y me
besaste. Nos besamos. Te besé y sujeté tu cara y reí, como si no hubiera un
mañana. Exhalé con tranquilidad y todavía se siente como la primera vez.
Y aunque parezca evidente, entre la risa y la celebración de los
presentes, aún tengo una pregunta que responder.
Enrollamos nuestro abrazo y acordamos guardarlo para la intimidad
de nuestra habitación. Y antes de que termine de hacerte la misma pregunta,
respondes un “Sí” con una tremenda sonrisa. Los ojos te brillan de pura
alegría. Me tomas las manos, porque sabes que no paran de temblarme. Tratas de
contagiarme con toda la seguridad que proyectas, a vista y paciencia de todos. Estás
tan orgulloso. Y buscas mi mirada. Todo me pasa en cámara lenta. Quiero
responder. Quiero responderte que sí, también. Quiero responder y que no quepa
duda. Quiero gritar a los cuatro vientos, al mundo entero, que te amo con cada
parte de este ser que se desvive por ti. Aunque sea tartamudeando y con las
manos que todavía tiemblan. Te veo. Subo el mentón y me quedo mirándote, con
los ojos cerrados, esperando que la brisa de la tarde me sople la respuesta.
Hasta que abro los ojos y me dejo llevar por la emoción.
No puedo con mis sentimientos.
Entonces, ¿lo acepto?
De un principio, lo nuestro fue puro sentimiento. Como una excusa para evadir la razón de este amor ingenuo que nos acabó. Y, aunque cualquier ignorante lo podía presagiar, todo lo que empieza mal siempre termina fatal.
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