¿Alguna vez te has enamorado?
Al llegar a la playa, sintiendo los granitos de arena colándose por
mis zapatillas, tuve un dejá vù. Sé que es un presagio, como un mal
presentimiento. Sacudo la cabeza, revolviendo los pensamientos. Y asiento para
convencerme. Aun así, me cuestiono. ¿Será que vamos a repetir la misma
historia?
La brisa marina me sacude las ondas del pelo y cierro los ojos. Por
un momento, imagino que vienes tras de mí y sabes exactamente lo que voy a
decir. Solo quiero que me abraces. Que me leas la mente. Que me estreches
contra tu cuerpo, como sueles hacerlo, y que me digas que todo estará bien.
Aunque me estés mintiendo. Solo una mentira piadosa. Es todo lo que quiero. Es
lo único que necesito. Pero ambos sabemos que nunca has sido un bueno mentiroso.
Simplemente no va contigo.
Desde que te cité para un café a las 7, después del trabajo, he
sentido la ansiedad venirse y vaciarse, a cada minuto. El corazón se me acelera.
Se me sale desbocado. Y solo quiero apretujarlo contra mi pecho, masajearlo
tiernamente y repetir ese mantra de mierda. Porque todo estará bien. No hay
otra opción. Y las manos me tiemblan. Las piernas también. Tengo unas ganas
irrefrenables de salir corriendo, pero tengo que enfrentar mis miedos. Esa
maldita sensación de abandono. Porque, te diga lo que te diga, confío en que no
vas a salir corriendo y todo va a seguir igual que siempre.
Me froto los brazos, pensando que debí haber traído una chaqueta,
pero salí tan apurado que ni tiempo me di para pensar en las consecuencias de
mis actos.
Debí haber practicado mi discurso frente al espejo. Quizá tener un
par de chistes por si necesitaba cortar la tensión. Pero luego me recuerdo que
eres tú. Somos tú y yo, como siempre. Entonces, ¿qué podría salir mal?
Esperándote, el sol se fue empequeñeciendo y las nubes se vistieron
de colores violáceos y anaranjados que me iluminaron el rostro. No pude evitar
sonreír. Qué atardecer más precioso. Ojalá llegaras pronto para contemplarlo
juntos, pensé, y luego sentí tu presencia.
A un par de metros, caminaste despacio sobre la superficie rocosa
que estaba de mi lado izquierdo. Tenías una expresión de cansancio o, quizá,
solo se trataba de las arrugas de tu frente que se lucían a contraluz.
Mantuviste la cabeza gacha, ensimismado, tratando de dilucidar, resolver el
misterio que te traía hasta la orilla de la playa. Y pude habértelo dicho todo
por mensaje, como un cobarde. Supongo que habría sido mejor tirar la piedra y
después esconder la mano. Pero tenía que decírtelo de frente, mirándote a los
ojos.
¿Valentía o instinto suicida? Me cuestioné y te saludé. Me
mostraste una sonrisa dubitativa. Obligada. Una media sonrisa. Nos abrazamos.
Besé tu mejilla y tu perfume dulzón se me quedó impregnado. Durante días, el
aroma se me quedaba prendido en las prendas, entre la almohada y en las
visiones de un futuro incierto.
Y para eso fue que te cité ante este hermoso atardecer, con la
intención de responder a la milenaria pregunta. Si nos diéramos una
oportunidad, ¿podríamos tener un futuro juntos?
Solo ha pasado un segundo desde que te solté la bomba, sin embargo,
te dejé enmudecido. Sin palabras. Atónito. Me esquivas la mirada y observas
atento, como si fuera la primera vez, cuando el sol abandona súbitamente el día
para ocultarse bajo la línea del horizonte. Y yo permanezco callado, guardando
mis palabras para contraargumentar cualquier estupidez que pudiera salir de tus
labios. El silencio otorga, escucho mi pesimismo. Sabía que la iba a cagar.
Hasta el fondo. Que iba a joder nuestra amistad. Tarde o temprano lo iba a
arruinar todo.
Lo nuestro solo era sexo. Follar. Culiar por diversión. Porque
estábamos aburridos, calientes y desesperados. Nos sentíamos tan solos y me
confundí. Y me das un beso para acallarme. Para que no me siga atrapando.
En el segundo que tus labios tocan los míos, la luz se apaga y una
chispa se enciende. Se esparce en el aire. Perfora la oscuridad.
De pronto, fuimos electricidad. Un juego de luces, como en navidad.
Me acariciaste la cara con delicadeza y nos comimos la boca. Primero, con
sutileza, como si estuviéramos abriendo un regalo o desconectando una bomba a
punto de explotar. Luego, nos devoramos como si no hubiera mañana. Se mezclaron
los gemidos y la respiración entrecortada. Te mordí el labio superior y sonreí.
Pasaste tu lengua lentamente sobre mi labio inferior y vi que me guiñaste con
coquetería, como siempre.
Fuegos artificiales. Luces de navidad. La aurora boreal. Y abrí los
ojos a un nuevo amanecer.
A alguien como tú.
Eres lo que siempre había deseado.
Con una risa tenue, lo susurré en tu oído y me aferré a tu brazo,
cobijándome sobre tu hombro, avergonzado, porque debe haber sido lo más cursi
que he dicho en años. Y oigo tu tentación de risa burlesca, pidiéndome que lo
repita mirándote a los ojos, de frente. Y lo hago. Aunque te partas de risa,
como sé que vas a hacerlo. Y quiero decírtelo cada día, por el resto de
nuestras vidas.
Mientras nos quedamos mirando como embobados, en medio del
desayuno.
O cuando apreciemos un prístino atardecer.
O cuando estemos tan cansados de recorrer la ciudad, tomados de la
mano, y decidamos ir por un dulce a la nueva cafetería que abrió en la esquina.
Cuando veamos otra película que seguro encontraras aburrida.
Y después de despertar.
Alguien como tú. Siempre te soñé.
Y qué bonito habría sido que correspondieras mis sentimientos. Pero
solo fuimos una fantasía animada del ayer y hoy.
Cuando te pregunto que nos demos una oportunidad, de una buena vez,
detenidamente, te quedas observando el horizonte, esquivando mi mirada. Y ya sé
que la cagué. Ya es demasiado tarde.
Quisiera devolver el tiempo atrás.
De pronto, la oscuridad nos cubre con su manto sofocante. Me quedo
ciego, sordo y mudo. Y no puedo oír las palabras que me dedicas con tanta
cortesía. Tu condescendencia que conozco tan bien. No la quiero oír. No te
quiero oír. Mientras mueves tus labios, aunque no te escuche, cada palabra me clava
como un puñal.
Solo vete. Lo pienso, pero ni lo digo. Y es como si me volvieras a leer
la mente. Porque te paras torpemente, dudando si es buena idea abandonarme,
hasta que das la media vuelta y te esfumas entre la bruma.
El brillo de la luna no se refleja. Las olas no revientan. A lo
lejos, solo se oye el aullido de los perros que anuncian una catástrofe. A mi
llanto. A mi desazón. Y al pedazo roto del corazón que no alcancé a clavarte en
tu chaqueta de cuero.
Me froto el vacío de mi pecho y me consuelo. Me digo que quizá me sirva para otra vez. Y me diluyo en lágrimas como si todo fuera a estar bien.
.jpg)
.jpg)
.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario