¿Alguna vez te has enamorado? - Rey de corazones.


Quiero hablar desde otra voz que no es mi voz. Con estos dedos delgados de tanto estrujar las palabras secas para sembrar.

Lo podías ver enmarañado en cada una de las sombras, revoltoso, ocultándose tras la espalda de cada uno de los cuerpos que abrazó hasta quedarse dormido. Pero nunca pudo conciliar el sueño. Quizá, por lo mismo, nunca cedió ante sus anhelos, a las fantasías que regocijaron solo el corazón de los afortunados, pero, simplemente, no era su suerte.

Y cada mañana, cuando el abría las persianas al día esplendoroso que asomaba por su ventana, se preguntó: ¿Dónde se escabullían esa utopía que los espectros tenían la osadía de relatar? Dónde la podría encontrar.

¿Será posible que esta solo pertenecía al reino de los enamorados? Y si le habían quitado la corona al rey de corazones, cómo se supone que iba a reinar. Por eso, rellenó sus bolsillos de poesía barata y flores perfumadas, artilugios y amuletos que podría atraer la magia de las ensoñaciones, pero, no bastaba solo con cerrar los ojos y añorar, ya que tenía que abrir el corazón. Una barbaridad.

En fin. Simplemente no fue su suerte.

Abandonó los sueños para los hombres de ojitos adormilados, especialmente para ese que de miel se derramó en su mirada, deshojando sus pasos hacia un futuro perfecto, conjugando verbos y palabras necias que cosechaba en su corazón de poeta.

Y cuando llegaba la noche, esperaba con ansias, emborrachándose con el ardiente brebaje que le quemaba hasta las entrañas, ya que tendría la dicha de compartir nuevas aventuras en el lecho que nunca dormía, mezclándose las pieles entre gemidos muertos.

¿Habrá sido su dicha y su tristeza?

Corazón de primavera, desprendo de ti las margaritas, contentándome con la esperanza de esta voz que brota desde el pecho, desplumándose las cadenas que no le comprendieron ni se permitieron verlo de frente.

Risita de niño como luciérnaga que se apaga a la medianoche. Pasos de hombre que menguaron con la melodía del ayer, aun así, sintiendo la gracia de haber compartido en esta tierra tan mezquina e indiferente, volviendo a la vida con cada vuelo de mariposas, al alero de la madrugada. 

 

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