¿Alguna vez te has enamorado? - A él se lo dije (lo que no quería decir).
Me detengo y quedo varado. Y desvío la mirada. Y fuerzo una mueca.
Es que no quiero delatarme.
Cuando caminamos sin rumbo, en silencio, es posible apreciar el murmullo
de las olas que van y vienen, irrumpiendo a la orilla. De pronto, y sin piedad,
arremetes con tus palabras. Y tengo que cargar con ellas, aunque no quiera. Y
sería más fácil sacudírmelas. Hacer oídos sordos. Imaginar que se vuelan con el
viento que, aunque no lo quiera, sopla a tu favor. Sin embargo, no siento que
se trate de otra de nuestras peleas. No ahora.
Cada día siento que tengo que mantenerme atento. Alerta.
¿Debo ser cuidadoso?
Escucho tus palabras; una tras de la otra. Entre líneas, las mastico.
Y realmente quiero pensar que es por mi bien. Que me lo dices, todo esto que me
dices, desde la bondad de tu corazón. Pero, es el filo en el tono de tu voz lo que
me descoloca.
Mantengo la cabeza gacha y sigo tus pasos. Ni te has dado cuenta
que me quedé tras de ti como tu sombra. Y aunque no tienes ojos en la espalda,
casi puedo escuchar lo que me dices con tu mirada impenetrable. Seguro me dirías
que estoy haciendo un problema de nada. Ahogándonos en un vaso de agua. Y otra
vez arruiné el momento. Te das la media vuelta y me dices que mis sentimientos
pueden destruirlo todo a su paso.
Esta vez elijo callar.
Por más que sienta este sentimiento demoledor, me muerdo la lengua,
mastico cada palabra y me enveneno con ellas.
Y es que ya no puedo perderme, de nuevo. No quiero perderme entre
lo que es el dolor y la realidad. Si es que lo que siento es parte de una
fantasía o de mi inseguridad.
A veces siento que ni siquiera puedo sentir. Si es que lo tengo
permitido.
¿Acaso lo tengo permitido?
Sentir. Algo. Alguna emoción. O lo que sea.
Angustia.
Pena.
Rabia.
Incomodidad.
Celos.
Envidia, da lo mismo.
Entonces, ¿qué será? Y te me quedas viendo como si tuviera una
solución o la respuesta definitiva.
Pero todos los días me hago la misma pregunta: ¿Es esto real o solo
una manifestación de la herida? Y sé que ya debería saber la diferencia.
Discernir entre el juego de mi mente y lo que me pasa realmente.
Me sigues viendo, inmerso otra vez en tu maldito silencio
contemplativo. Suspiro, pero el aire que exhalo es lo único con lo que me quedo.
Luego, miro al cielo y el pecho se me apretuja, escuchando al pájaro que huye a
lo oscuro de la noche, y a la ramita que cruje, y al romper de las olas que
embiste, a diestra y siniestra, y a mi silencio que arremete un eco que no
alcanza a llegar al fondo. Al vacío del llano. Y se me termina secando el aguacero,
hasta que, finalmente, me quiebro en llanto.
Y me abrazas.
Ahogado con mi pena, contra tu pecho, te digo que no quiero perder
el control. Porque me lo debo a mí mismo. Y a todos los que amo. Porque nadie
merece el peso de una bola de nieve o la tensión en la delicadeza de una bomba
o la tempestad en un desastre natural.
Te confieso que quiero ser más que el dolor que siento.
Y lo soy.
Y tengo que repetírmelo, al menos una vez al día. Especialmente cuando
me quedo viendo mi reflejo y su cara sonriente y gesticulo, lentamente. Tengo
que entender, para que se me quede grabado, de una buena vez.
Soy más que el daño que cicatriza la herida.
Soy más fuerte.
Más valiente.
Solo quiero sentir.
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