¿Alguna vez te has enamorado? - Ocupa mi piel.


Bajo una luz tenue, me recuesto sobre las sábanas de satín y veo tu silueta; tu sonrisa y las perlas que le cuelgan. En la habitación, nos encerramos y el eco de nuestros latidos retumba por las cuatro paredes. Abro los labios y tu dedo índice los repasa con lentitud, para dejarme seducir con el reflejo que habita en el rojo de tus ojos. Luego, otra expresión de satisfacción. Tu sombra me sobreviene y, cuando creo que te tengo justo donde quería, soy yo quien cae en la trampa.

Súbitamente, el resplandor se oscurece y la noche se vuelve a esconder. Mis piernas crecen y se envuelven sobre tu espalda, como enredaderas. Inspiro. Desenvainamos y chocamos las espadas. Tus pupilas se dilatan. Y el rayo cae dos veces, infinitas veces en el mismo lugar. Y exhalo. Y nos marchitamos. Y descubro que es más oscuro antes del amanecer.

Al abrir los ojos, no hay fanfarria, cursilerías ni diamantes al desayuno. Del otro lado está vacío, y tus pestañas siguen reposando. Aun me siento impregnado de tu calor.

Me despojo de las sábanas baratas, que ya han perdido su lustre, y me levanto sigiloso de la cama agarrando las ropas tiradas en el piso, como pétalos de una margarita. Y me digo, casi como un mantra, que soy solo un cascarón. ¿Qué más da? Me pregunto y me acaricio los brazos como consuelo. Solo necesito mudar la piel. Entonces, ¿para qué tanto problema?

Un paso tras otro y me despido de la sombra de un hombre dormitando. Salgo de la habitación y otra vez cierro los ojos. Me concentro en el sonido, cómo se va resquebrajando. Y todo parece tan lejano, como un efecto hipnótico. Y no necesito de ningún narcótico.

De pronto, la noche de anoche arremete con brutalidad y mi cabeza da vueltas por la caña moral.

¿Qué tan duro es este cascarón? Vivo luchando contra la resistencia y su flexibilidad. Y se rompe. A veces lo moldean, le dan vueltas o lo hacen girones, y lo vuelven a romper. Y me asombra su voluntad para romperse, una y otra y otra y otra vez.

Quiero creer que no me va a quedar ninguna marca. Todas las piezas rotas van a desvanecerse con un solo resoplido, porque polvo al polvo me convertiré.

Varado, me quedo tieso bajo el umbral, pensando, esperando a que pronto despiertes de tu sueño reparador. Después pienso que seré yo quien tenga que escapar, salirme de mi propia casa, sin embargo, cuando la imagen me parece demasiado caricaturesca, para aguantarme la risa, veo que me observas con una sonrisa pícara.

Tal vez así el universo me sonríe y volvemos a repetir lo que sea que nos sucedió la noche anterior.

No me doy ni cuenta y ya te tengo frente a mí, a tan solo unos centímetros de distancia. Me palpita el pulso y mi primer instinto es hacerme a un lado y correr, porque para otras guerras voy a servir. Pero me agarras del brazo y somos torbellino. No se distingue donde empiezan los besos, siguen las manos y terminan las caricias. Hasta que chocamos contra el ventanal y nuestro aliento se condensa.

Somos agua; fresca, turbulenta y vital.

De alta tensión.

Te arrojas sobre mí.

Me llenas con cada gota.

Pero, antes de vaciarme dentro de ti, mi aliento retumba contra tu oído.

Sóplame, la nuca.

Lámeme, los labios.

Enciéndeme, el sexo perdido.

Y seguimos con esta guerra que culmina bailando sobre la alfombra.

No te atrevas a soltar ninguna lagrima por mí.

Esto es solo una muda. Y estas prendas van a seguir cayendo, como suele suceder, mientras me contemples y te acaricies.

Esta piel desnuda que me viste es solo un espectro.

Una vez que nuestros cuerpos consumados desfallecen derrotados y las cenizas de nuestro encuentro nos envuelven en un capricho amargo, recibo tu pago sobre mi regazo y me retiro sigiloso como la noche estrellada, esperando al siguiente desconocido que me vuelva a abrazar.

Comentarios

Entradas populares