¿Alguna vez te has enamorado? - Me enamoré.


Pensé haberte visto el otro día. Para variar, caminaba envuelto en mis ensoñaciones, apreciando lo distinta que se ve la ciudad en verano, cuando, frente al cruce, me quedé quieto como si fuera tu reflejo.

El bullicio de la gente fue amainando. Quedamos en pausa. Y fui transparente como las hojas que se traslucen con cada beso del sol.

Al principio, sacudí la cabeza ante mi incredulidad. Ni me acordaba cuándo fue la última vez que nos vimos. Y traté de hacer un esfuerzo por recordar, mientras me escondía tras la espalda de un señor de tronco chato y abultado. Miré de lado a lado, asegurándome de que no fueras un simple espejismo. Pero ahí estabas, parado al lado de una luminaria, luciendo tus lentes oscuros, con el viento soplándote los rulos desenfadados y mostrando tu sonrisa diáfana, capaz de iluminar más que mil soles.

La luz del semáforo permaneció roja y, como una ola sobrecogedora, recordé la conversación que tuvimos en la playa. Se me vino a la mente los colores violáceos y anaranjados del atardecer. Lo bravo del mar. Mi corazón quebrándose, en pedazos. Y el llanto de los perros anunciando el final.

También recordé las infinitas veces que intenté corregir mi error. Veces que, en verdad, fueron solo dos. Un mensaje de texto que no tuvo respuesta y un correo que debería haber borrado, enviándolo a la papelera. Pero me quería seguir humillando.

Me disculpé, aunque sabía que no tenía la culpa. Y ¿culpa de qué? De haber confesado mis sentimientos. Pero ¿qué hay de malo en eso? No era necesario que me evitaras o que hicieras como si nunca hubiera existido.

Apreté el puño. Sentí la palma presionada por mis garras. Y habría corrido, atravesando la calle para pegarte un paipazo como te lo merecías, pero me quedé varado, esperando el cambio en el semáforo.

¿Por qué no me quedé callado? Si mi amor no era más importante que nuestra amistad.

No me arrepiento de nada, pensé. Levanté el mentón y te miré directo a los ojos. Luego, lo dije en voz alta, como tratando de convencerme, porque no me arrepiento de nada. Sin embargo, siento un peso aplastándome el pecho. Será la culpa pesándome, de la carga que también debo acarrear sobre mi espalda, cuando me volví nuestro verdugo.

Pero una voz me dijo que no fui el único que alzó el hacha.

¡Anda, mírame! Lo veo todo rojo y sostengo una expresión desafiante. Con la frente en alto y los hombros para atrás, espero que esta vez me creas cuando te digo que este amor no vale nada. Que esto que siento puede irse bien a la mierda. Desaparecer, como si nunca hubiese pasado. Y lo voy a olvidar. Voy a cerrar los ojos y hacer como si nada de esto nos pasó. Te lo digo en serio, lo más serio que he dicho algo en la vida. Lo juro, este amor que siento no vale la pena.

La luz ni cambia, pero, aun así, corro a través de la calle. Mis piernas se alargan, mis pies se ensanchan como zancos. La gente grita, da vuelta la cara y jadea. Los autos derrapan. Pero, en una sola zancada, me paro frente a ti.

Me doy la valentía, el atrevimiento, de tomar tus manos y te veo directo a los ojos, al medio, al epicentro. Y pronuncio cada palabra para que las entiendas con total claridad. Esto que siento ya pasó. Ya fue. No vale la pena. Ya está, ya lo olvidé. ¿Lo ves? Luego, cierro los ojos y respiro con más tranquilidad, soltando un gran peso y creyendo que todo se arregló. Porque vas a volver a mirarme, con los ojos morochos de siempre. Vas a seguir celebrando mis tonterías. Y vas a seguir abrazándome, como los amigos más entrañables, y me vas a susurrar al oído que el mundo es más bonito cuando yo sonrío.

Ya pasó. Ya fue. No vale la pena.

Anda, dilo conmigo.

Ya pasó, ya está. Ya fue.

Lo olvidé.

Te lo digo en serio. Y el reflejo de tus ojos no miente. Me ves tan diferente.

Y, cuando la luz finalmente cambia a verde, tu sonrisa se desvanece. Tu ceño fruncido se vuelve arrugas en la frente y tus rulos plateados se tornan desteñidos y lacios. Porque solo eras otro extraño al que confundí contigo.

La muchedumbre se mueve, avanza hacia delante, como una masa uniforme, pero me quedo quieto, tieso, esperando a ver si nos topamos. Para que nos encontremos en medio de la calle y nuestras ropas se rocen y veamos en cuántas vidas más nos vamos a volver a cruzar.

No repitamos la misma historia.

Pero vuelvo a escuchar el bullicio; el estruendo de las bocinas y su urgencia por llegar a algún lugar. Las cabezas de los transeúntes se pierden bajo las luminarias y de los árboles abriéndose paso con sus raíces a través del asfalto. Y, por un instante, me quedo atrás.

Suelo verte en todas sus siluetas. En esas sombras sin rostro que deambulan por la calle, de lo más causal, cuando nos topamos de frente.

Y siempre imagino que vamos a saludarnos con un apretón de manos, como si nada. Pero, muy en el fondo, te gritaría para que no quepa duda que te amé. Jurándote que este sentimiento no me ha acabado, aunque me parta un rayo. Y veo de reojo el cielo atormentado, porque, quizá, hoy sea mi día de suerte.

Sin embargo, los colores anaranjados y violáceos flotan con ligereza, como cualquier otro día de verano, mientras corro apresurado y sigo en otra dirección.

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