Recuérdame, por favor.

Recibí tu mensaje en la mañana, nada muy especial, solo la misma pregunta que respondo con la respuesta de siempre. Aunque pensé que me mandarías uno de esos vídeos que estás tan empeñada en que vea. En fin, otra decepción. Pero, igual los veo todos y cada uno de ellos, porque sé que me dedicaste un segundo de tu tiempo.

O, quizá, solo fui otro de ese puñado de amigos a quienes les compartes el mismo contenido.

Y me cuestiono. A veces creo que se trata del propio paso del tiempo, como una evidencia de que me voy poniendo más viejo. Pero quiero pensar que es un atisbo de sabiduría, de la experiencia que se me revela, como el más custodiado de los secretos. Luego pienso. Y sigo pensando. Y también me quedo recordando.

Cuando nos sentamos juntos por primera vez, solía desconfiar del mundo y su falta de ternura, hasta que conocí amigas que me sostuvieron y fueron el refugio perfecto.

¿Será justo el consuelo de esos recuerdos?

Sin embargo, silencio no es lo que te mereces por sostenerme, arroparme y acurrucarme cuando lloré, a la intemperie, con el alma desnuda.

Lo siento. Me pasas y me vuelves a pasar por el corazón, como el exquisito dulzor de un embeleco a media tarde. Y como un sobresalto ante la urgencia, cuando me doy cuenta que me volví a olvidar.

Es la ingratitud que no deja de rasgar, arrastrando a cuestas, nuestro lazo.

A veces, me consuelo pensando que la ingratitud es recíproca, como una vía de doble sentido. Y si solo vivimos en los pensamientos, en la eterna alegoría, quizá seríamos eternos. Pero una imagen tuya jamás será más que tu compañía.

Entonces, ¿dónde quedaron esas ganas incansables de viajar? De comernos el mundo. Hablar hasta la amanecida, en un abrir y cerrar de ojos. Aunque sé que esas ganas no se han ido, solo es el amor que se transforma en recuerdos de lo que fue y de lo que no volverá a ser.

Si queremos seguir, debemos estar ligados al hilo del destino. Pese a que, al final del día, ya no me queda voluntad, trato de jalarlo, aunque sea con la fuerza de mi dedo meñique.

Y mis latidos siguen contigo.

¿Es esto suficiente también para ti, amiga? Estoy contigo, ya te lo he dicho. Contra viento y marea, te lo puedo asegurar. Más no quiero que me olvides como al libro que todavía no has leído y permanece empolvándose sobre tu mesita de noche.

Yo sigo aquí, contigo.

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