Éramos hermosas mentiras.
¿Qué podría hacer para que me trates como una pluma? Flotando de lado
a lado, sin sentido.
Quiero sentirme ligero.
Floto sobre tu cabeza y jugueteo entre tus cabellos. Liviano. Me
muevo frente a tu mirada, escondiéndome. Otra vez me poso sobre tu nariz y me
soplas, hasta perderme en el horizonte, sin destino.
Quiero sentirme sin una sola carga sobre mis hombros.
Pero no me escondí, solo me perdiste de vista.
Podría figurar frente a ti y, aun así, el fondo sería más
atractivo. El sonido de mi voz se va aplacando y te encandila la oscuridad de
la sombra que se proyecta tras de mis pasos.
¿Qué tendría que hacer? Quizá no he hecho lo suficiente.
Ya no quiero sentirme aplastado por el peso de tu indiferencia.
Tómame con tus manos duras y abraza cada centímetro de mi piel desnuda.
Que arda el gemido ahogado y cada una de mis plumas. Quémame con la calentura
de tu sexo que late con cada embestida, llenándome de caricias furtivas, hasta vaciarnos
en dulce agonía.
Me sumerjo en aguas turbulentas.
Los quejidos se vuelven susurro. Se apaga mi aliento caliente
contra tus labios, deseando desesperadamente que tu cuerpo sea la mar testaruda
que choca y choca y choca, estallando incesante contra mi orilla.
Intentémoslo una vez más. Dame ese gustito. Te desafío mordiendo y
mojándote los labios. Y con la sonrisa juguetona que te vuelve loco, te aferras
y rasgas las partes de mí que aún no has alcanzado.
Y vamos a penetrar más allá de la superficie, escurriéndonos entre
risas y gritos jadeantes, nos acoplamos en el silencio con chorros de champagne.
Bebe solo un sorbo que te puedo quemar.
¿Fuiste feliz saboreando las estrellas?
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